lunes, 30 de abril de 2007

Daily Room 01


Me gustaría que Liverpool sea finalista de la Champions League. Me gustaría que ganara el campeonato. Se me ocurrió que el mejor regalo posible para un amigo que estará de cumpleaños este próximo jueves 26 es un libro de Guillermo de Ockham. Quizá el mejor regalo es decirle que el regalo (en otro mundo) es eso: un libro de Guillermo de Ockham. Decirle: “te regalo la idea de un regalo: un libro de Guillermo de Ockham”. Podría hacerse la historia de cómo lo inglés (esto es: la cultura inglesa, la economía inglesa, etc.) y su bella estética se chileniza al llegar a Chile, derramando un movimiento trágico. Digo esto para que no queden dudas que todo ese movimiento trágico queda resumido en la Universidad de Chile, en la existencia del postgrado llamado Terapias de Arte. Hoy es martes 24 de abril y será mejor salir a trotar, con todo el peso de la vergüenza que significa trotar en los alrededores de la Plaza Italia.

Daily Room 01 / Miercoles 25 de abril. 2007

Contra el orgullo romanticon de la derrota en ciertas hinchadas

Sospecho que hay mujeres adolescentes que son hinchas del equipo de fútbol de la Universidad de Chile para escapar a una condición material que las determinaría, en otra forma, como flaites. Supongo que todos sabemos, más o menos, el significado que tiene la palabra “flaite”.

Sospecho que hay hombres que son hinchas del equipo de fútbol de la Universidad de Chile para escapar a una condición no material que los determinaría, en otra forma, como ordinarios (como normales, sin originalidad, como si ser hincha de la Universidad de Chile fuese el orgullo de ser perdedor, el orgullo de ser original o, en otras palabras: como si se pudiese ser “mejor perdedor”, es decir, perdedor, por la vía ilustrada ordinaria, es decir, por la vía ilustrada).

Supongo que todos no sabemos qué significa, aquí, “tonto”. Pero usted puede suponer, si así gusta: tonto (o “nerd”) es toda la inteligencia no flaite, es decir, la inteligencia ilustrada de la Universidad de Chile, la de todos los chilenos, es decir, una inteligencia trágica, desgraciada, sin identidad o, en otras palabras: con una identidad enajenada.

Sospecho que hay hombres y mujeres de todas las edades que son hinchas del equipo de fútbol de la Universidad Católica para dirigirse, desesperadamente, hacia la ridiculez (ellos mismos se saben ridículos, pero ganan otro tipo de cosas). En otras palabras: ser hincha de “la” Universidad Católica significa ser hincha de una economía del hincha, estrictamente, sin rodeos. Significa adherirse al fútbol como un lugar donde se pueden ganar otras cosas. En otras palabras: no se necesita una estructura fenomenológica para saber la condición histórica de qué significa ser hincha de la Universidad Católica; todos sabemos y ellos mismos también saben (lo cual no quiere decir que sean un equipo con autoconciencia. No; simplemente se saben de sí mismos). De lo que se trata es de elucidar la enajenación que se produce en el ser-la-condición-de-hincha que ciertos individuos tienen con sus equipos de fútbol. De lo que se trata es de elucidar la enajenación exponencial que se está produciendo en esta “posmodernidad” del fútbol chileno en lo pertinente a las hinchadas.

Sospecho que, en un plano más especulativo, existen hinchas mujeres que deciden ser hinchas de “la” Universidad de Chile (como si la Universidad de Chile fuera un equipo femenino, como toda universidad) para ser más lindas, más sexys, y van y se sacan fotos con sus camisas ajustadas del equipo.

También podría hacerse el ejercicio con respecto a la música inglesa (Universidad de Chile) versus la otra música (Colo-Colo); con respecto a la música antigua, ochentera (Universidad de Chile, perdedores que necesitan un pasado) versus la música nueva, contemporánea (Colo-Colo). Algo polémico: se podría hacer el mismo ejercicio respecto de la música chilena (Universidad de Chile, el culto a la decadencia de Los Tres, el respeto al pasado de lo añejo: Inti Illimani) versus la otra música (Colo-Colo). Por supuesto se podría hacer el mismo ejercicio respecto de la ironía (en un asunto que no tiene que ver con el fútbol). Porque hay mujeres (y hombres también) que usan una ironía de la máxima confesión, aparentando que nada les interesa, en una lógica del intercambio subjetivo de secretos. Estas mujeres, que representan el espíritu decadente de la Universidad de Chile, ironizan con unas formas tan añejas, con un espíritu tan pobre de apetencia, que se mueven en la máxima enajenación posible. Las mujeres de la Universidad Católica se saben estúpidas, ellas lo saben, y, por saberlo, gozan de una apetencia que las determina en su actividad humana y, sin embargo, no han alcanzado el máximo esplendor posible que logra, que no puede sino lograrlo el sentido común. La ironía, que representa el espíritu de la Universidad Católica, es una ironía de la timidez, del secreto, de la mirada, semejante al espíritu irónico de la mujer de Colo-Colo. En cambio, la ironía de la mujer de la Universidad de Chile queda subsumida en la lógica de la máxima expresión, de vivir máximamente el instante, la noche, para gozar de una ilustración de la vivencia que, en la vida real, no sirve de nada.

El sueño de la mujer de la Universidad de Chile es aprenhender todas las noches, todos los instantes, y sacar leyes generales para así ganar para ella misma conciencia. Pero el objeto siempre se le escapa porque, en su origen, está enajenada. La ironía no se determina a lugares y circunstancias. Puede nacer en cualquier ámbito. Dejémoslas posar para las fotos con sus camisetas azules fuera de lugar para hacer uso de una ironía añeja: la de decirlo todo y, con ello, no decir nada, o, en otras palabras: decirlo todo de una manera enajenada. Dejémoslas con su extremo saberse de sí enajenado. Dejémoslas en sus bares decadentemente ilustrados, en su calle Santa Isabel y su Bar de Rene. Dejémoslas con su enajenación compartida con sus novios decadentes. Total: gozan, en la vida real, en la vida no futbolística, de la credibilidad de los viejos, de la credibilidad de los ingleses, de la credibilidad del conocimiento, de la credibilidad de Kant, de Stuart Mill, de Michelle, de Velasco.

Ahora veo el país y veo la enajenación: niños completamente enajenados escapando de la normalidad (de los flaites, de lo supuestamente inferior) hacia la música inglesa, hacia los clubes nocturnos con toda su decadencia ilustrada. Es perfectamente posible y esperable que el Club Miel o la discoteca Blondie este llena de estudiantes de medicina, de arquitectura, de filosofía, de antropología (por no nombrar las áreas de la gente que conozco y que va a esos lugares). Es horrorosamente esperable que la totalidad de los trabajos sociológicos que se han hecho con respecto a la juventud se centren en condiciones materiales de producción, es horrorosamente esperable que se centren en condiciones geográficas de producción (que en las periferias se escucha más música electrónica o música clásica como modo de ascensión social y bla, bla, bla.). Es horrorosamente esperable.

Sospecho que hay hombres que fetichizan esa condición, y se fetichizan a si mismos en el ejemplo siguiente. Un hombre, hincha de “la” Universidad de Chile, tiene que regalarle algo a su novia (que hasta hace un par de años no le interesaba el fútbol), que esta de cumpleaños. Le regala la camiseta azul, que para él es símbolo de un buen cuerpo. Puede sospecharse perfectamente que ese hombre eligió ser hincha de la Universidad de Chile para relacionarse con mujeres supuestamente más lindas. Puede sospecharse perfectamente que las mujeres que son hinchas de la Universidad de Chile eligieron ser hinchas de ese equipo para ser más lindas.

Sospecho que, a su vez, hay hombres que son hinchas del equipo de fútbol de Colo-Colo para ser mas hombres, para alejarse de una condición que los determinaría como hombres “civilizados”.

Sea como sea: hay una clase de hinchas que hacen una economía simple, y van ha revisar el historial de campeonatos ganados y, de ahí, deciden ser del equipo que más campeonatos tiene. Esa lógica (sin desmerecer a los colocolinos que eligieron ser hinchas de Colo-Colo por ese método) es como decidir instalar televisión satelital marca telefónica por tener un “mejor edificio” que otras marcas con “edificios menores”.

Prefiero los hinchas y las hinchas de la Universidad de Chile que me digan: “Feli, ahora (después de leer esto) sé porqué soy de la Universidad de Chile, y sé porqué me gusta ser como soy, así que no me importan tus teorías”. Ahora: no es necesario que todos “sean” de Colo-Colo, hay una amplia variedad de equipos que gozan de una situación no enajenada para “ser” (noten que cuando uno es de un equipo no enajenado “esta”, no “es”, eso constituye una condición general de este tiempo: muy pocas personas se atreverían a responder, ante la pregunta ¿de qué equipo eres?: “estoy Colo-Colo, estoy Audax Italiano”. No: constituye un miedo con los demás miembros de la tribu decir “estoy”). En otras palabras: toda hinchada tiene un lado negativo que la hace ser. Pero precisamente las hinchadas con más identidad son las más enajenadas (condición de la historia).

El qué sería una situación más favorable, donde no existan (o coexistan) hinchas enajenados de todas las edades con hinchas no enajenados jóvenes (no hay hinchas no enajenados viejos), es decir, donde existan solo equipos no enajenados (es decir, reconciliados con su identidad perdida, coexistiendo en una ciudad sin la violencia simbólica de la enajenación) es materia de otro análisis.

jueves, 19 de abril de 2007

Sobre el barrio de Manuel Montt


El barrio de Manuel Montt es, para la gente adinerada, como el barrio de San Diego para la gente normal, común. La gente adinerada baja hasta las tiendas del barrio de Manuel Montt para ahorrar una gran cantidad de dinero. En el barrio de Manuel Montt existen tiendas absurdas que, sin embargo, tienen una gran utilidad. Por supuesto existen universidades e institutos, al igual que en el barrio de San Diego. En el barrio de Manuel Montt existen sastrerías, zapaterías, tiendas de regalos, de artículos fabricados en China, centros de fotocopiado, ciber cafés para los alumnos de regiones que vienen a quedarse sorprendidos por el barrio, por lo menos en sus primeros años de estudio. Así estos estudiantes circulan diletantes, sorprendidos por las luces, de la misma manera que Buena Vista Social Club, aquel grupo cubano, se dejo entusiasmar por las luces de Nueva York y de Rusia y de Ámsterdam, y de Santiago de Chile. Sin embargo quería dar cuenta de una situación muy específica: lo que más me llama la atención del barrio de Manuel Montt es el florecimiento de las tiendas donde venden empanadas, el florecimiento de las fábricas de empanadas, de la variedad de empanadas: de queso, de mariscos, de camarones, de locos, etc. La avenida Providencia es la sustancia misma de la ordinariez y de la barbarie del hombre chileno, de la mujer chilena, del niño chileno y, en menor medida, del abuelo y de la abuela chilena. La avenida Providencia esta atiborrada de historicidad, de Burger King, de Shopdogs, de hapyy hours, de Blocksbusters, de perfumes y de perfumes y de más perfumes, y de mujeres y hombres vestidas y vestidos de colores y de colores y de más colores. Sin embargo: las fábricas de empanadas nacen en el barrio de Franklin, la “democracia” de los accesos a la computación nace en el barrio de San Diego, la “democracia” de los accesos a los libros, a la cultura, a los cines, a los teatros, nace hace años en el barrio de San Diego. Ahora me pregunto: ¿qué tienen que ver las empanadas del barrio de Manuel Montt, del barrio de Marchant Pereira, con San Diego? Providencia dejó de ser un mundo ideal a seguir por todos. Providencia, de ahora en adelante, desde las próximas palabras -las mías- en adelante, condenada está a copiarle todo, no a los modos extranjeros, sino a esa extraña nueva forma democrática: la fealdad del mundo de la cual todos somos parte.

sábado, 24 de marzo de 2007

Futbolistas (futbol) que dan (da) verguenza


Sábado 24 de Marzo del 2007

Sé de fútbol. Podría escribir de soledad. Podría escribir de amor. Justo ahora. Pero sé de fútbol, y eso es lo que me entusiasma “justo ahora”. Acabo de ver el partido de Chile versus Brasil. Chile perdió cuatro a cero. Escucho a los periodistas en la radio, los programas deportivos: “no saben nada”, les digo inútilmente. Escucho a los periodistas deportivos en la televisión: “no saben nada”, les digo, con una inutilidad específica, la inutilidad de alguien que se cree dueño de una verdad, a su vez, especifica. Escucho a los periodistas deportivos riéndose entre ellos, sin ensuciarse las manos, sin ensuciarse sus bocas. En el fondo: sin emitir juicios certeros para no quedar mal con nadie. Los periodistas, sobre todo los periodistas orgullosos de su ser (casi todos, no todos), siempre son tontos, no solo los deportivos, sino que los periodistas que critican o alaban películas, o los que critican o alaban obras de literatura, o los que critican o alaban decisiones gubernamentales: precisamente en estos últimos ámbitos se necesita más especulación y, a cambio, recibimos más juicios certeros pasados a influencia política clásica, es decir, a influencia política. Ahora mismo escucho a Nelson Acosta, el director técnico de la selección de Chile: habla lento, habla como un viejo que no sabe, habla tartamudeando. Vamos a la sustancia: Chile jugó al ataque, a entrar con todo: primer error fatal de Acosta, un error previsible. Nelson esta diciendo, justamente ahora, que “si hubiese entrado a la defensiva ustedes hubiesen dicho que juego como ratón” (tartamudeando, como el habla). Se puede decir de otra manera: Nelson Acosta planta a sus jugadores en la cancha como él mismo habla. Podría decir que en todo el partido la línea de defensa de tres hombres estaba a una distancia fatal de la línea de delanteros. Así cualquier partido se pierde, solo los ingleses o los alemanes juegan así. Podría decir que los dos laterales volantes, Mark González (por la izquierda) y Luis Pedro Figueroa (por EL lado, por la derecha), perdieron absolutamente todas las pelotas a la hora de dar el último pase hacia Suazo o a la hora de combinar con Valdivia o Jiménez (que no corrió en todo el partido a ayudar a Sanhueza, para mí: la figura de Chile, más por corazón que por técnica). Definitivamente los defensas estaban nerviosos, definitivamente Jiménez estaba nervioso. Si Valdivia hubiese entrado desde el primer minuto haciendo dupla con el mati Fernández otra cosa hubiese pasado. Pero el problema es táctico y psicológico. Al terminar el partido Luis Pedro Figueroa (que no debería haber jugado - debería haber jugado todo el partido Iturra; pero a Nelson Acosta le gustan los jugadores ordinarios) fue corriendo a pedirle la camiseta a Ronaldinho. Vargas, un defensa con muchos problemas psicológicos (todos nos hacemos la misma pregunta: ¿cómo no va a haber otro?), también fue a pedirle la camiseta a Ronaldinho pero llego tarde. Me acordé de Nelson Tapia, un ex arquero muy decadente que fue corriendo a pedirle la camiseta al mismo jugador que le había hecho unos tantos goles: Ronaldinho. Y no es que sea nacionalsocialista ni mucho menos: pero si pierdo se supone que estoy triste. Pero estos jugadores, en el minuto 75, comienzan a pensar en que el partido terminará, y comienzan a colocarse cerca de Ronaldinho para que nadie les gane la camiseta. Ahora sí: ahora podría escribir sobre soledad, sobre amor. En fin: no necesitamos un técnico que reproduzca el sentido común, necesitamos un verdadero director, es decir: alguien que se crea dueño de su verdad. Otra cosa: miro a los periodistas deportivos en la televisión, sus equivocaciones, sus reproducciones del sentido común, sus asquerosas reproducciones de opiniones que la gente normal cree. Es cierto: las personas tienen derecho a ser inteligentes y a convenir estrategias, pero estos periodistas que nunca han jugado fútbol, estos periodistas deportivos medios gorditos y que usan lentes (sin tener nada contra la gente que usa lentes, todo lo contrario), siguen en lo mismo: emitiendo juegos a posteriori de las debacles. Por mi parte ya no veo más fútbol.

martes, 13 de febrero de 2007

Un Cuento Intempestivo


En alguna noche del 2006 escribí este cuento de manera intempestiva para el concurso de cuentos de 100 palabras que organiza el metro, mejor dicho: la empresa macrocultural Metro de Santiago. Ya había escrito otros a nombre mío y a nombre de mi otro primo. Faltaba uno para completar el máximo de tres que exige la empresa. Faltaba uno para completar el cupo de mi otro primo, Álvaro. Pero ya no quería estar en la casa. La noche de invierno estaba helada y había parado de llover: quería salir a trotar a las cinco de la mañana. Mis primos miraban con curiosidad la idea, pero para mi era normal salir a trotar por las mañanas. Escribí el cuento a la rápida, como arrancando de la situación de concursar.

Unos meses después el cuento ganó una mención honrosa. Ganamos un cóctel y entradas gratis a la Feria del Libro de Santiago (lugar de la premiación). Vi un discurso de Ricardo Lagos junto a Nicanor Parra. El discurso me aburrió y me fui del salón. Cada miembro del jurado salía a recibir a su cuento favorito. A mi primo Álvaro, que no entendía mucho de que se trataba todo, lo salió a recibir Alberto Fuget. Alberto Fuget le regaló un libro de Adolfo Couve, Cuando pienso en mi falta de cabeza (la segunda comedia). El libro está dedicado por Fuget. Ahora estoy apurado escribiendo este, mi primer blog, para salir a correr. De todas maneras: lo que más me han entusiasmado (quizá la palabra precisa es “intriga”) de esta situación es la ilustración que construyó Florencia Martinic para ese cuento. Obviamente no es la ilustración misma sino que Florencia. De todas maneras el cuento es el siguiente:


Una Radio De Mano

A veces me gustaría saber que vivo en Cañete, una ciudad del capitalismo tardío, al sur de Chile. Que tengo 75 años y estoy sentado en la plaza de armas de esa ciudad escuchando la radio Agricultura, algún programa sobre deportes. Y que no hago nada más que escuchar una radio de mano, todo el día.